Llegada y primer contacto con París
La primera parada no podía ser otra que el Arco del Triunfo, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Aprovechamos para subir a su terraza panorámica, desde donde disfrutamos de unas vistas espectaculares de las avenidas que nacen en la plaza y, por supuesto, de la inconfundible Torre Eiffel asomando en el horizonte. Sin duda, una forma inmejorable de empezar el viaje.
Después bajamos para recorrer los famosos Campos Elíseos, probablemente la avenida más conocida de París. Caminamos tranquilamente entre tiendas, escaparates y cafeterías hasta llegar al Grand Palais, situado justo enfrente del elegante Petit Palais. Ambos fueron construidos con motivo de la Exposición Universal de París de 1900 y, todavía hoy, son dos de los edificios más representativos de la arquitectura de la Belle Époque.
Desde allí continuamos descubriendo algunos de los lugares más emblemáticos del centro de París. Paseamos por los Jardines de los Campos Elíseos, llegamos hasta la impresionante Plaza de la Concordia, donde se encuentra el famoso obelisco traído desde Egipto, y seguimos hasta la elegante Plaza Vendôme, rodeada de edificios históricos y donde se encuentra el mítico Hotel Ritz París.
La ruta continuó hasta la espectacular Ópera Garnier, uno de los edificios más bonitos de la ciudad, para regresar después hacia el Jardín de las Tullerías, un lugar perfecto para pasear junto a su gran estanque y disfrutar del ambiente parisino. Desde allí bordeamos el río Sena hasta llegar al precioso Puente Alejandro III, considerado por muchos el puente más bonito de París.
Una vez en ese punto, decidimos seguir por la orilla del Sena hasta el Puente del Alma, tristemente conocido por ser el lugar donde se produjo el accidente en el que falleció la princesa Diana de Gales. Ya había caído la noche, así que continuamos hasta uno de los momentos que más ilusión nos hacía vivir.
Llegar por primera vez a la Torre Eiffel, uno de los grandes imprescindibles de París, iluminada bajo el cielo nocturno fue simplemente mágico. Esperamos a que comenzara su famoso espectáculo de luces y, aunque habíamos visto miles de fotos antes del viaje, vivirlo en persona no tiene absolutamente nada que ver.
Después de hacer un montón de fotos, terminamos cenando un crêpe a los pies de la Torre Eiffel, uno de esos pequeños caprichos que no pueden faltar en una primera visita a París. Antes de despedirnos de este rincón, cruzamos hasta la explanada del Trocadéro, desde donde disfrutamos de una de las vistas más espectaculares del monumento completamente iluminado. Sin duda, fue la mejor forma de poner el broche de oro a nuestro primer día en la ciudad.
Con las piernas ya bastante cansadas, regresamos al alojamiento para descansar y recargar energías antes de seguir descubriendo París al día siguiente.
Si todavía estás organizando tu viaje, en nuestra guía de dónde dormir en París te contamos cuáles son las mejores zonas para alojarse según el tipo de viaje que vayas a hacer.





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